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Mis cinco lenguajes del deseo

Necesito que me ames como yo quiero. No me des el típico sermón de Jesús. Sé lo que quiero. Sé lo que necesito. Si prestas atención, mi corazón será tuyo.

Incluso Jesús habló sobre esto cuando dijo: “¿Qué padre, entre ustedes, le daría una serpiente a su hijo cuando éste pide un pez; o un escorpión cuando lo que quiere es un huevo?”. Si Jesús lo dijo, entonces debes hacerlo.

Como amarme de la forma que necesito.

La Biblia también dice: “hasta los recaudadores de impuestos y gentiles saben como amar a quienes los aman”. ¿Puedes hacerlo mejor que un gentil, verdad? ¿Por qué no puedes amarme como necesito? ¿No quieres que cometa un acto de adulterio, o sí? ¿No quieres divorciarte, no? Bueno, todo lo que pido es que me entiendas. Si lo haces, prometo no ser un problema.

Tu trabajo es encontrar el lugar de la comezón. Lo único que debes hacer es rascarme allí y seré feliz. Tu bendición consistirá en que dejaré de ser tan demandante. Tu esfuerzo me ayudará a enmascarar mi desnudo interés por mí mismo con un egoísmo más civilizado. Conozco mi corazón y necesidades; pero sé que darte cuenta de ello puede costarte un poco. Por eso he confeccionado una lista sobre mis cinco lenguajes del deseo más importantes.

Palabras de valoración: quiero que me hables. Si no lo haces, no seré feliz contigo. Te soportaré un rato; pero sí importa que me valores y sí importa que me hables, sino te guardaré rencor. ¿No quieres que te fastidie, verdad? ¿Quieres tener sexo, verdad?

También cuenta lo que me dices. Ese contenido es importante. Si sólo hablas de ti mismo, las cosas no van a funcionar. Tienes que valorarme. Tienes que decirme cuan maravilloso soy. No me hagas rogarte por cumplidos. Eso es lo que genera nuestra cultura. No me obligues a rebajarme ante los trucos de nuestra cultura. Es degradante.

Espejo, espejito, ¿quién es el más bonito?

Vamos, dime que soy maravilloso; pero no me halagues. Procura sonar sincero. Si quieres que deje de pasar tantas horas en el trabajo, vas a tener que cambiar tu actitud conmigo. De lo contrario, buscaré la valoración que necesito en el trabajo. Allí me aman. Me premiaron con tres placas, que cuelgan de la pared, por ser elegido como “empleado del mes”  y cuando camino por el pasillo me hacen sentir importante. Esas son caricias para mi ego. El que guardes silencio me hace sentir mal. De todos modos, si cambias, cambiaré.

Tiempo de calidad: aunque quiero pasar tiempo contigo, no quiero que las cosas entre nosotros se tornen muy serias porque tienes muchos problemas y serías una carga para mí. El tiempo de calidad, en mi opinión, es ancho y vasto en  vez de profundo y sustancial. Evitemos la seriedad. Hay una excepción a la regla: debes mostrar interés sólo por mí. Me urge que alguien me entienda, quien quiera que sea. La Biblia dice que debes apreciar a los demás más que a ti mismo. Necesito que me aprecies.

No me hagas competir contigo o con nadie más por eso. Quiero que abandones lo que estás haciendo y pases tiempo conmigo. Concuerda con mis opiniones. No muestres ingratitud. No me interrumpas.

No me engañes al entablar una conversación sobre mí para hablar de ti. Lo has hecho más veces de las que puedo contar con mis dedos. Me hablas sobre mí, me haces preguntas y parece que quieres entenderme; pero, de repente, empezamos a hablar de ti.  Me dejas perplejo. ¿Cómo lo haces?

No me interesas, para ser honesto. El tiempo de calidad no consiste en ti. Estoy siendo tan sincero como puedo: me amo, soy leal a mí mismo y quiero que me disfrutes tanto como yo lo hago.

Obsequios: sí que amo los obsequios. Cuando llegas a casa, lo primero que hago es pensar si me compraste algo o no. Sí, mido tu amor de esa forma. ¿Por qué no? ¡Tú me mides a mí! Tengo que medirte. Los obsequios forman parte de mi lenguaje del deseo. Leí un libro sobre el tema donde me describieron a la perfección. Por ese motivo sé que es verdad lo que dijeron.

  • Job dijo: “El Señor otorga y el Señor quita”. Yo digo: “Otorga y más te vale no quitar”
  • Job dijo: “Bendito sea el nombre de Dios”. Yo digo: “Bendito por la mano de Dios”

Me interesa lo que obtengo. Tengo una sed insaciable de recibir cosas. Si me amas como necesito que lo hagas, me comprarás cosas. Los Beatles dijeron: “No puedes comprar mi amor”. Eso es tan erróneo. ¡Sí que puedes!

Sí, es insaciable: mientras más compras, más quiero. Sí, tus regalos abren un abismo de deseo en mi alma. Eso está bien porque me siento amado cuando me compras cosas. Ese es mi lenguaje del deseo. Quizá no te importe, pero a mí me importa y eso es lo que importa. El libro se escribió para mostrarte como hacerme feliz. No te preocupes si tengo muchas cosas. Podemos deshacernos de las viejas mientras me traigas nuevas.

Servicios: Me gusta que hagas cosas por mí. Es un dos por uno: mi criterio acerca ti mejora y las tareas se realizan. Sé que no puedes hacer todo lo que quiero. Está bien, tendré que despegar mi trasero del sillón y hacer algo yo también. Es lo justo.

Cuando me haces favores, me siento genial; pero tengo una advertencia: no me trates como si realmente necesitara que te comportes así. Existe una línea que no puedes cruzar. No necesito tu limosna. Es más fácil dar que recibir y lo sabes. Entonces, no me trates como si necesitara esa atención. Mantén el equilibrio.

Actúa, pero hazlo de una formada determinada para que yo no pierda el respeto por mí mismo. Además, no quiero que andes por ahí contándoles a nuestros amigos lo que haces por mí. La gente habla y lo sabes. Si se enteran de esto y lo divulgan, seré mortificado. Lo cierto es que soy autosuficiente, aunque esta característica se contradiga con el trato que me brindas.

Contacto físico: También me gusta mucho que me toques. Se siente bien. Sé que me amas cuando lo haces. Si no me tocas, me tentaré a juzgarte por tu falta de afecto. Sí, he analizado tus intenciones y sé por qué quieres tocarme realmente: sólo quieres sexo. En otros momentos, temes que sienta apatía por ti debido a tu falta de atención. Te inquieto. Ambos lo sabemos. Debemos superar esto porque es importante ser tocado, abrazado y recibir atención.

Mi afán por tu contacto físico es más fuerte que cualquiera de tus intenciones. Pero, no esperes a que te corresponda. El contacto es mi lenguaje del deseo, no el tuyo. Sé que dicen “tú rascas mi espalda y yo rasco la tuya”, pero no creo que así funcione el asunto.

Resultado final: Me doy cuenta de que en el libro no dice nada sobre el Redentor, pero ese es el punto. Si en verdad logras superar esto, no necesitaré al Redentor. Tú puedes ser mi redentor. La persona que satisfaga mis deseos.

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