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Leccion 1

Si no aceptas el hecho de que tus padres no sean perfectos, vas a entrar en la vida adulta con una actitud equivocada.

Lo anterior fue la lección más importante que aprendí como adolescente.  No sé por qué me costó tanto tiempo aprender esa lección tan óbvia; quizás traté demadisado de ignorar la realidad encerrándome en mi mundo ideal.

Mi vida adolescente transcurrió tan rápidamente, que nunca tuve tiempo para meditar en ella desde una perspectiva bíblica.  Por eso, no pude explicar por qué estaba enojado con mis padres hasta cumplir los veinte años.

Antes de cumplir los veinte años:

  1. Mi vida transcurría demasiado rápidamente.
  2. Me desilusionaba con frecuencia.
  3. Mis pensamientos se contradecían y me confundían.

Al principio, la vida adolescente me causaba estrés.  Pero el estrés se esfumó dentro de unos años, y comencé a entender la esencia de la vida adolescente: al meterme en problemas, es inútil echarles la culpa a mis padres o a otras personas. Por haberme metido en el problema, es responsabilidad mía solucionarlo.

Un amigo mío me dijo alguna vez que la actitud determina la altitud. Por trillado que sea ese dicho, tiene sentido y dice la verdad.

De adolescente, siempre me enojé con los demás.  Cada vez que pensé en personas que no me gustaban, les guardé mas rencor.  Sin embargo, las personas que me ofendieron desconocían mi sufrimiento.  Nunca podía consolarme, y la amargura que se acumulaba en mi corazón me estaba destruyendo la vida.

Tengan cuidado de que ninguno de ustedes pierda el favor de Dios, ni sea como mala hierba, pues esto los puede perjudicar a todos. – Hebreos 12:15 (PDT)

 

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